Federico Fellini Giulietta Nassina

El maestro centenario

Dr. Claudio E. Pompilio Quevedo @cepq / Fotos: Cortesía

Durante los duros años de la postguerra italiana, en un país reducido a la miseria y la destrucción, un grupo de jóvenes cineastas se esfuerzan por sacar adelante el arte cinematográfico italiano, queriendo mostrar otra visión, más real, cruda y humana, dando vida al que sería el Neorrealismo Italiano.

Films donde la escases, la miseria, los problemas domésticos, y momento que hasta el momento jamás habían sido plasmados de forma tan cruda, van cimentando las bases a uno de los movimientos cinematográficos más genuinos de la historia.

Entre los visionarios destaca Federico Fellini, un joven nacido en la ciudad de Rimini en 1920, apasionado del periodismo y las viñetas que comenzó a colaborar en 1938 en periódicos tan importantes como La Domenica del Corriere e Il 420, hasta que en 1941 comienza a colaborar  con el Ente Italiano Audizioni Radiofoniche (EIAR), que marca su debut en el mundo del espectáculo y el inicio de la relación afectiva y artística con Giulietta Masina. Y es en el semanario satírico Marc’Aurelio cuando se convierte en una firma reconocida, y pronto comienza a frecuentar y a moverse a sus anchas por el ambiente de la noche romana, el teatro y los vodeviles.

A mediados de los años cuarenta, tras un encuentro providencial con Roberto Rossellini, quién le encarga algunos guiones como el de: Roma, ciudad abierta (1945), comienza a tomar interés por el cine, oficio que nunca se había planteado realizar y en plena postguerra, (1950), junto a Alberto Lattuada se estrena como codirector en Luci del Varietà, un film que resultó un rotundo fracaso comercial, pero ya el gusanillo del séptimo arte corría por sus venas.

Dos años más tarde debuta con El jeque blanco, que también fracasó, pero esto no lo desanima y continúa, llegó finalmente el éxito como director con Los inútiles (1953), una cinta de referencias autobiográficas sobre su juventud en Rímini.

Ya consagrado, el director obtiene nuevos éxitos; La Strada (1954), con G. Masina y Anthony Quinn, Las noches de Cabiria (1957), La dolce vita (1960), Julieta de los espíritus (1965), El Satiricón (1969), Amarcord (1973), Casanova (1976) entre muchas más.

Con La Dolce Vita obtiene el reconoció de la crítica, el Festival de Cannes le premia con la Palma de Oro, y L’Osservatore Romano pide la excomunión para los que la vieran. El descomunal escándalo en una Italia aún pacata le acentúa una depresión que combatió mediante el psicoanálisis de Jung y que puede percibirse en algunos de sus films.

Sus films; Fellini 8 ½ (1963), un autorretrato, y Amarcord (1973), un regreso a su juventud, reciben dos Premio Oscar. Luego ganará dos más y el quinto, en homenaje a su carrera, le sería otorgado en 1993, pocos meses antes de su muerte, acaecida en Roma el 31 de octubre de ese mismo año.

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