Después de la derrota de Adolf Hitler con la entrada definitiva del Ejército Soviético en la ciudad de Berlín en abril de 1945, el mundo comenzó a recibir noticias de las atrocidades que ese dictador había logrado encubrir a los ojos de todos con su enorme y sofisticado aparato propagandístico dirigido por Joseph Goebbels.
Hoy estamos presenciando, al menos los que estamos aquí en el país, luchando contra este régimen perverso a través de la denuncia cotidiana de lo que acontece en nuestros entornos vecinales, de cómo lentamente, la prolongada carestía de alimentos que ya va para más de cinco años, a pesar de los falsos anuncios de los voceros del gobierno de que todo está controlado por la red corrupta de distribución subsidiada de medicinas y alimentos denominada Comités Locales de Abastecimiento y Producción dirigida por el gorila de Freddy Bernal, la fosa de desnutrición es cada vez más profunda.
Cuando el ejército aliado comenzó a descubrir la satánica actividad de los campos de concentración de judíos, de soldados rusos y polacos y cualquier grupo étnico que se le antojara aniquilar al capricho perverso de una raza que se creía superior al resto la humanidad, aun cuando se sospechaba que algo muy feo estaba ocurriendo en la Alemania Nazi, la sorpresa fue indignante, cuando comenzaron publicarse las fotos de los cadáveres famélicos de las víctimas del Holocausto Alemán.
En Venezuela, lo que sucede en nuestras calles, es comparable en términos reales a lo que se fraguó en aquella oscura época de la segunda guerra mundial. La diferencia es que, mientras en Alemania el proceso de aniquilación a través del hambre y asesinato de sus detractores fue dramáticamente acelerado, en nuestro país está siendo hábilmente dosificado, con fines políticos en función de la permanencia en el poder del régimen dictatorial de Maduro.
Las muertes que otrora se mantenían confinadas en los “Vernichtungslagern”, en Venezuela ocurren diariamente en forma paulatina en las calles y hospitales a la vista de todos. Las cifras de muertes por la falta de medicinas y alimentos, potenciada por la actividad hamponil, a su vez desencadenada por la anomia nacional alcanzan niveles insospechados que, al igual que al final de la segunda gran guerra, cuando se revelen los verdaderos montos, éstos acarrearán necesariamente la realización de juicios como los de Nürenberg de los cuales, lamentablemente hoy se reporta indignante impunidad.
El nuevo Goebbel de Maduro es el Ministro de información Jorge Rodriguez, pupilo predilecto del monstruo de “La Muerte en el Diván” de la periodista Ibellice Pacheco, que relata los desvíos mentales de Edmundo Chirinos, el “Hannibal Lecter” de la psiquiatría venezolana, está dejando cada vez más evidencia de lo afectado que quedó el doctor Rodriguéz por la lamentable muerte de su padre y de lo peligrosa que esta afectación se está convirtiendo para el futuro de nuestro país. Todo ello potenciado por la profundización del nepotismo de los Rodriguez en las altas esferas del poder venezolano.
Estos personajes son capaces de llevar al país a la autodestrucción, pues claramente, para ellos primero está la muerte entes de soltar las riendas del poder.
La comunidad internacional debería acelerar el cerco a esta red de peligrosos facinerosos antes de que se desaten consecuencias más lamentables de lo que ya están comenzando a dibujarse.
Para empezar, la ONU debería ubicar en los países fronterizos una red humanitaria, para al menos medir desde allí lo que está aconteciendo a nivel alimentario en esas zonas alejadas de los centros urbanos de la nación a los que el gobierno dirige preferentemente la distribución de los alimentos subsidiados por considerarlos más rentables desde el punto de vista político- electoral. Estoy seguro de que esa acción emergerá importante información para develar la macabra situación del holocausto venezolanos.

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