Una vez instalados en San Antonio de los Altos a principios de los sesenta, muy pocas veces bajábamos en familia a Caracas. Mi hermanita y yo éramos pequeñitos y amábamos nuestra casa y nuestra vida pueblerina. En aquel entonces, casi todas las amistades de mis padres, también vivían en San Antonio.

Sin embargo, la vida pasada de papá y mamá, Armando Córdova y Ligia Olivieri cargaba un lastre importante de amistades de otras épocas, otros amores, otras luchas que quedaron atrás. Mi papá tuvo otra esposa en un primer matrimonio llamada Tecla Tofano a quien conoció en Italia y se la trajo de allá, Con ella tuvo dos hijos y de esos hijos, había amigos que a su vez tenían sus respectivas familias, que al final se unían en los recuerdos comunes de la mítica juventud y adolescencia de papá y mamá.

Así, los viajes a Caracas, generalmente estaban vinculados a la visita de ese pasado, en el que se luchó, venció a la dictadura y se arriesgó, literalmente, la vida por los ideales libertarios de una generación de titanes y titanas.

Había en Caracas una familia en los Chorros que a mí, particularmente, me gustaba mucho visitar y que en total habrán sido tan solo unos cinco encuentros. Se trata de la familia de Alfredo Roffé y Ambreta Marosu. Ellos eran una maraña genealógica, de recovecos anecdóticos que se entrecruzaban en momentos y lugares diferentes, con papá y mamá por separado, y en cuyo torbellino, terminaron unidos en matrimonio tanto los Roffé Marosu como los Córdova Olivieri. Ambas familias, devinieron de un colorido carrusel de eventos que dieron una hija y dos hijos respectivamente. Claudia, solitaria, taciturna y observadora por un lado y Elena y yo por el otro. Teníamos en común, que los tres éramos los hijos de un “segundo” matrimonio de alguien. La gran diferencia entre ellos y nosotros es que con Claudia, cohabitaban los hijos del primero de Ambreta con Juvenal Herrera, es decir Tamara y Matías y éstos, a su vez, eran los amiguitos de mis hermanastros Daniel y Lucía, los hijos del primer matrimonio de mi papá con Tecla Tofano, que se extinguió con la muerte de Lucia a quien nunca conocimos y que falleció en un lamentable accidente vial. Por cierto, mientras todos ellos jugaban en una acera de caraqueña.

Lo cierto es que cuando visitábamos a los Roffé Marosu, a excepción de Lucía, siempre nos encontrábamos todos los vástagos filiales de cuatro familias, dos vigentes y dos fallidas, dándome la sensación de que todos pertenecíamos a un gran y complicado linaje que cuando se reunía lo hacía bajo el recuerdo de una perdida muy dolorosa.

A pesar de todo ello, yo me divertía mucho en aquellas visitas. Recuerdo que era un terreno con laberinticos pasadizos que comunicaban las casas y anexos de varias familias entre las que mediaba un bellísimo y tupido jardín común.

Pero aquí no termina el enredo. Apenas comienza. Resulta que en el mismo terreno, también estaba la casa de Violeta Roffé, hermana de Alfredo, esposo de Ambreta. Violeta, era una de las mejores amigas mi mamá Ligia (es necesario mencionar que también lo era Teresita Casanova pero ese es otro cuento), desde los tiempos de La librería Cruz del Sur, cuando ni siquiera se pensaba posible una relación entre mi mamá y mi papá. Violeta tenía una hija Llamada María Sol que tuvo con un judío de apellido Cohen. Posteriormente ese matrimonio no resultó y violeta se empato con Francisco Mieres, el mejor amigo de la infancia de mi papá y que terminaron viviendo también en San Antonio de los Altos.
Por otro lado, Ambreta, italiana de nacimiento, era la mejor amiga de Tecla Tofano. Ambas conocieron a Juvenal Herrera y a Armando Córdova en Roma, de quienes se enamoraron y juntos formaron sus respectivos “primeros” matrimonios.

Para redondear la cosa, mi primer, único y también fallido matrimonio fue con Karla Herrera, hermanastra de Tamara y Matías pues Karla, es la hija del segundo matrimonio de Juvenal Herrera con Nora Wulff. No olvidemos que Tamara y Matías, los hijos del primer matrimonio de Juvenal con Ambreta eran los amiguitos de infancia de mis hermanastros Daniel y Lucia. A Karla la conocí en unos carnavales del Callao a los cuales asistí porque mi hermana Elena insistió en que fuera vaticinando que me iba a enamorar de Karla. Ella y yo tuvimos a Pedro Vicente que viene siendo primo de los hijos Matías, el hermanastro de Karla.

De aquellos años guardo muy lindos recuerdos de jugar monopolio, corretear entre torres de libros mohosos que no cabían en los anaqueles y de escondernos detrás de un piano. Ahora que lo pienso y tal vez me equivoque, tengo un deja vu de un arpa que estaba en algún lugar del mágico laberinto multifamiliar.

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