En reuniones familiares, cuando venían a almorzar a la casa mis tíos José y Susana, mi papá echaba algún cuento de su pasado familiar que generalmente se desarrollaba en el entorno matriarcal que lideraba “Mamá Cupertina”, la abuela que crió a José, Susana y Armando, de menor a mayor. Cupertina quedó a cargo de la crianza de los niños a partir de la muerte de su hija Lucía Córdova a quién se la llevó la tuberculosis de cabalgaba desafiante sobre Venezuela hasta el primer tercio del siglo pasado. Cuando Lucía se fue, Armando tenía solo seis años.
Cupertina era una hábil comerciante. Llegó a tener un barquito tres puños para comerciar mercancía entre los puertos de Cumaná y Barcelona. En ocasiones llegaba incluso hasta el puesto de la Guaira. Lo cierto es, que con las responsabilidades que acarreaba la crianza de los tres niños, poco a poco, Cupertina tuvo que concentrarse cada vez más en actividades menos exigentes que las de comandar una embarcación, así que decidió montar un puesto de comida en el mercado de Cumaná, en el que sus almuerzos y empanadas tuvieron mucha fama entre los que allí acudían, entre ellos, el capitán Daniel Becerra, que comandaba una tropa pacificadora en tiempos del general Gómez. Así, la asidua, aunque muy esporádica, visita del señor Becerra lo convirtió en el discreto consorte de la gran matriarca de los Córdova.
Cuando Armandito cumpló los 8 años de edad, Cupertina decidió confiarle el niño por una temporada, al capitán Becerra. Partieron Rumbo a los llanos de Monagas para una revista militar que iba a tener lugar en la ciudad del Tigre.
Partieron de Cumaná sobre el lomo de sendos burros en compañía de veinte soldados a pie armados de pistola y machete. Caminaban por senderos de tierra a la sombra de cujíes que en aquel entonces abundaban por doquier. Almorzaban liviano por el camino y acampaban en tienda militar que armaban a eso de las seis para finalmente cenar fuerte preparada por un virtuoso cocinero de Rio Caribe.
El capitán becerra no leía, así que le pedía a Armandito que le leyera durante las nuches algunas páginas de dos libros que cargaba consigo. Uno de ellos era el Quixote y el otro era un libro misterioso que cargaba envuelto en un trapo harapiento. Le explico que era un libro maldito que había que leer en secreto para entender al enemigo. Se trataba de una versión traducida de los protocolos de los Sabios de Sión.
Se lo que allí leían, Armandito no entendía nada por lo críptico del lenguaje, y sospechaba que tampoco lo hacía el capitán. El capitán hacia esa lectura por obligación con logia masónica y aprovecho al niño para salir del compromiso. El otro libro sin embargo, Don Quixote de la Mancha fue el éxito de esa temporada. Como disfrutaron ambos esas noches de campaña militar, a la luz de una lámpara de Querosene las exquisitas aventuras del caballero errante.
Cuando llegaron al Tigre, participaron de la revista militar ante el coronel Benjamín Olivieri, quien, por razones del mismísimo azar guiado por la necesidad del amor, se convertiría en el suegro de Armandito unos treinta años después.

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