Por esta época en el hemisferio sur se vive la estación primaveral. Las comunidades festejan el comienzo de la temporada de las flores disfrutando de la presencia  de las primeras golondrinas y el concierto de las tempraneras mariposas. En estos mismos días, el hecho de atender una generosa invitación del mundo académico, nos permitió vivir nuestra propia primavera. Salimos a cumplir la tarea magisterial en las lejanas comunidades de nuestras montañas tachirenses. Fue un retorno a la niñez, fue un volver a trepar  las alturas del páramo del Zumbador, siempre guiados por la brújula del corazón.

Ascendimos por la vieja y serpenteante carretera contemplando la tierra desnuda y sacudiendo las nubes en un intento por volver a recoger el fruto de la lluvia; por eso buscamos protección en la ruana que ya tiene color de tiempo. En ese ascenso, todas las canastas estaban repletas de brisa, de neblina y de los mejores paisajes verdes.

A lado y lado de la vía y ubicados a diferentes alturas,  los cultivos de flores son un paraíso de colores, texturas y aromas. Armoniosamente conviven las Rosas con los Claveles, las Calas y los Lirios. Cada variedad crece y se multiplica a su propio ritmo. Al observar ese pluralismo vegetal le pedí al Dios de la Libertad que nos ayude a reencontrar la Venezuela plural en la cual todos tengamos la posibilidad de convivir, disfrutando cada uno de sus propios sueños. El corazón se aceleraba ansioso por llegar a las alturas del páramo. El paisaje era el mismo, pero ahora en la cúspide del Zumbador ya no brillan las luces que encendían los millonarios pétalos de las flores y ante el éxodo de las abejas la boca ya no puede empalagarse con la miel que nos endulzaba este paso de caminos.

El poder  compartir con los lugareños fue  un crepitar insomne de recuerdos que nos espinaba el alma. Llegamos a San José de Bolívar cuando caía la tarde. Al instante se agolparon millones de reminiscencias como regalo de un reguero de vestigios de otros tiempos cuando siendo muy jóvenes  visitábamos estas comarcas.

San José de Bolívar sigue siendo «leve, apacible, moderada y suave». Podemos estar definiendo la paz del lugar o el paisaje reposado de esta villa en calma, pero lo que hacemos es descifrar el comportamiento humano de unos venezolanos que disfrutan de la vida porque la interpretan con el pentagrama del respeto.

Frente al caos, el desorden y la contaminación reinante en diferentes escenarios de la patria, entre los pobladores de San José de Bolívar aparece el equilibro, el orden, la claridad y la armonía. Una comunidad pulcra frente a una Venezuela que vive una realidad caótica con irrespeto a la dignidad humana, con interminables colas, con la violencia desatada y con el reinado generalizado del hampa. En oposición a esa realidad, en esta comarca de paz todo ese cuadro de horror desaparece. Calles totalmente limpias sin presencia de efectivos militares o policiales porque aquí no hay necesidad de control o represión.

Al esquisar este comportamiento encontramos que los padres de familia y los educadores semejantes a los pastores de ovejas, cuando observan que algún cordero se despista del rebaño, siempre van en su búsqueda y con amor los hacen volver al redil, porque tienen conciencia de que la enseñanza que deja huella no es la que se hace de cabeza a cabeza, sino de corazón a corazón

Aquí se vive y se sueña con un arte de equilibrio, de pureza y de serenidad, carente de las perturbadoras actitudes del sectarismo y se respiran aires limpios que ejercen una influencia calmante y tranquilizante en la mente. Se evidencia un gran espíritu de comunidad expresado en una singular solidaridad, pero «aquí cada uno es autor y director de la melodía de su propia existencia».

Este peregrinaje para volver a la montaña, significó un reencuentro con los habitantes de las alturas y sirvió para rendir un homenaje a todos los maestros, a los de ayer que se fueron sin renunciar a sus sueños y a los maestros de hoy, que aun despiertos, confían en la vida. Hermosa concurrencia de maestros que con su presencia silenciosa muestran los más elocuentes testimonios de amor. Un viejo proverbio Tibetano asegura que «Quien ha escuchado alguna vez la voz de la montaña, nunca la podrá olvidar»

Con el poeta afirmamos que «Las montañas ayudan a los hombres a despertar sueños dormidos» por eso resulta prudente invitar a los venezolanos que peregrinan por los desiertos resecos de la patria, para que se acerquen a estos frescos manantiales a llenar sus cantimploras con el agua de la esperanza; al fin y al cabo «En el corazón de todos los inviernos vive una primavera palpitante, y detrás de cada noche, hay una aurora sonriente»

Al despedirnos de los maestros de San José de Bolívar recordé una breve narración de carácter simbólico en donde se cuenta que un labrador,  cansado de la rutina del campo, decidió vender su finca. Como sabía que su vecino era un destacado poeta, le pidió el favor que le hiciera un anuncio para la venta. El poeta accedió gustosamente y elaboró un cartel que decía: «Vendo un pedacito de cielo, adornado de bellas flores, con hermosos prados y un cristalino río con el agua más pura que jamás haya visto»

El poeta se marchó un tiempo de la aldea, pero a su regreso decidió visitar a sus nuevos vecinos, pensando que aquel hombre del aviso de venta ya se había mudado. Para sorpresa del poeta, el agricultor seguía trabajando en su finca.  El bardo le preguntó: «¡Amigo!… ¿No pudo vender la finca?». El campesino con una gran sonrisa le respondió: «No mi querido vecino, después de leer el anuncio que usted me hizo, comprendí que tenía el lugar más maravilloso de la tierra y que por ahora no existe otro mejor…».

Que no esperemos a que venga un poeta a decirnos lo bonito que es nuestro pueblo, lo  maravillosa que es nuestra vida familiar, o lo buenos que son nuestros amigos. Como los vecinos de San José de Bolívar vamos a reconocer toda la bondad y belleza que hay a nuestro alrededor. Te aseguro que existe OTRA VENEZUELA.

E-mail: felipeguerrero11@gmail.com

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