Su mirada parecía flotar frente a él, cuando desde lejos, se le veía a la orilla de la carretera. Sus gruesos anteojos, confinaban su mundo de ingenua ignorancia, dentro de una avanzada miopía. Siempre estaba sentado de cuclillas al lado de sus, bien organizados, paquetes de «curuba» los cuales, ofrecía en venta a los turistas que transitaban en sus modernos automóviles, por la carretera trasandina, a la altura de los fríos páramos merideños.

A veces, transcurrían horas sin que algún viajero pasara frente a él. Durante ese tiempo permanecía inmóvil, siempre con su mirada fija en algún lugar a infinita distancia. Sus pensamientos de simple estructura, iban y venían, entre pájaros verdes, que anunciaban la lluvia y los destellos del sol, que se colaban entre las huidizas nubes. De pronto, a lo lejos, apenas se escuchaba el motor de un automóvil que se avecinaba por la carretera en su trayecto hacia la cima del páramo. Era en ese instante, cuando dirigía su mirada hacia su eventual cliente, quien se acercaba serpenteante, por la sinuosa carretera. Siempre experimentaba la misma sensación de hormigueo y emoción, al pensar que en esa oportunidad, si que vendería algo de su mercancía, la cual, recolectaba durante largas travesías por entre los caminos del páramo. Sin embargo, para el viajero que conducía su automóvil, la escena era otra. En la medida en que se avecinaba, lo que podía distinguir, era a una persona sentada en cuclillas, al lado de unos montoncitos de una fruta verde amarillento, que a duras penas sugerían su venta. Era justo cuando el automóvil pasaba frente al vendedor, que éste erguía su cuello para al mismo tiempo balbucear, después de haber estado tanto tiempo sin articular una sola palabra: ¡Cur! ¡Curu! ¡Curub! ¡Curubaaaaa!

El Viajero, por su parte, encerrado en el confort de su automóvil con calefacción, aislado de todo ruido exterior, por el volumen y alta fidelidad de su reproductor de MP3, sólo veía a alguien que pronunciaba desaforado unas palabras, cuya lectura labial sugería no otra cosa que un morboso insulto, ante lo cual, respondía después de abrir sus vidrios automáticos con un sonoro: ¡Eso será tu madre infeliz!

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