El señor Teófilo Rivera, nació con una deformación congénita en el empeine de su pie derecho que lo obliga a caminar con muletas a talón alzado. Para impulsar cada paso de la pierna correspondiente, debe hacerlo apoyándose en las muletas, con un rítmico vaivén de caderas, que con el tiempo aderezó con su toque personal. Al frente de la estela onomatopéyica de su caminar con zapatos de suela de cuero, chah chachacháh, chah chacháchah, el alegre cojo del pueblo, va y viene por la calle principal, mientras todos lo saludan con cariño, desde las ventanas y mostradores de los negocios de la calle.
Teófilo vive solo, en una pieza que le alquilan en una céntrica casa de vecindad, a una cuadra de la plaza del Bolívar. La pieza también le sirve de taller, para la reparación de artefactos eléctricos. 
Todos los días, faltando un cuarto para las doce, don Rivera hace una pausa en el trabajo para ir a almorzar al “Restaurante de Ramón”. Se levanta de la silla, sale a la calle, cierra la puerta con llave y comienza a caminar en dirección al restaurante de Ramón, que queda atravesando la plaza del pueblo. A esa hora ya han salido los muchachos de la escuela, que como todos los días, se concentran en la plaza a jugar, mientras sus padres vienen a buscarlos para llevarlos de nuevo a casa. 
El cojo camina y camina. Chah chachacháh, chah chachacháh. Llos niños juegan en la plaza. Chah chachacháh, chah chachacháh. De pronto, uno de los niños grita: ¡Ahí viene Teófilo! Y todos salen a verlo llegar y al ritmo de su chachacháh, mientras él, los va interrogando en la fila, uno a uno:
-¿cinco por ocho?
-¡Cuarenta!
¿cinco por nueve?
¡Cuarenta y cinco!
-¿Cinco por diez?
-¡Cincuenta!
Y cuando don Teófilo cruza toda la plaza los niños se despiden:
-¡Hasta mañana Teófilo!
-Mañana la tabla del nueve- responde el cojo.
En el pueblo, todos los niños se saben las tablas de multiplicar, gracias al cojo multiplicador.

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